Viajar es un intercambio equitativo, el lugar que visitas te obsequia momentos y memorias, y tú le devuelves respeto y consideración.
Pero el turismo, esa actividad que una vez prometía descubrimientos y enriquecimiento cultural, hoy yace postrado en una cama de hospital, víctima de sus propios excesos. Lo que comenzó como una forma inocente de explorar el mundo se ha convertido en una epidemia que devora destinos enteros, dejando a su paso comunidades desintegradas, culturas diluidas y paisajes irreconocibles. Ya no hablamos de visitas amigables, hablamos de invasiones masivas que enferman los lugares que pretenden celebrar.

El turismo descontrolado
Ciudades como París, Roma, Barcelona, Venecia, Kioto, Lisboa, Bali, Dubrovnik, Ámsterdam… sufren los síntomas agudos de esta dolencia. Los alquileres se disparan hasta lo estratosférico, los barrios pierden su auténtica esencia, los comercios tradicionales cierran sus puertas para dar paso a cadenas impersonales, y la convivencia cotidiana se disuelve en un mar de hoteles y apartamentos turísticos. Todo se transforma, pero no para el beneficio de quienes viven ahí, sino para el placer efímero de los visitantes que llegan y se van sin dejar rastro positivo.
En Ámsterdam, por ejemplo, los vecinos han denunciado al ayuntamiento por no hacer nada para proteger la ciudad de la destrucción por el turismo masivo.
La ironía es devastadora, los viajeros buscamos autenticidad, pero en nuestro afán por capturarla, la destruimos. Somos parte del problema, alimentando una rueda viciosa que gira sin control.
Los síntomas: cuando los destinos se quiebran
Por años, yo mismo contribuí a agravar esta patología sin darme ni cuenta. Como cronista de viajes, escribía y publicaba artículos que incluían listas de “imprescindibles”, «rutas detalladas» o «recomendaciones en…» que guiaban a multitudes por los mismos senderos trillados. Creía que estaba ayudando a otros a descubrir el mundo, pero en realidad estaba fomentando una estandarización que convertía lugares únicos en productos impersonales de consumo masivo. No lo hacía con malicia, simplemente no me daba cuenta del daño que eso a la larga podría causar. Pero el tiempo y la experiencia me abrieron los ojos.
Hoy en día, en muchos destinos, la convivencia se ha convertido en una lucha desigual. Debido a los altos precios, los residentes no pueden permitirse vivir en sus propios barrios, y han sido desplazados por el auge turístico. Los negocios locales mueren para ser reemplazados por todo tipo de franquicias y tiendas de souvenirs. La cultura, que debería ser un intercambio vivo, se reduce a un espectáculo para turistas. El viajero ya no es un explorador, es un consumidor en serie. El destino es un artículo en oferta y la experiencia un proceso industrializado que deja poco espacio para lo auténtico y genuino. Debemos recordar que no somos los protagonistas de la historia, sino invitados en el hogar de otros. Cada ciudad es un ecosistema vivo, no un decorado para nuestras selfies.
Mi último viaje como revelación
Durante uno de mis últimos viajes, la enfermedad global del turismo de masas, se manifestó con una claridad punzante. Viajaba por libre acompañado de una amiga cuya planificación era un guion meticuloso, «qué ver, qué comer, dónde dormir…» todo en un orden preciso dictado por guías y reseñas ajenas. No era un viaje, era una ejecución de instrucciones, un itinerario tan rígido que eliminaba cualquier posibilidad de sorpresa o desviación espontánea.
Ella prefería la seguridad de lo preestablecido antes que la aventura de lo desconocido. Y yo, que en el pasado habría seguido el mismo patrón, la observaba con una mezcla de empatía y melancolía. Porque yo un día también estuve allí, consumiendo destinos a través de filtros prestados, fotografiando lo que otros ya habían inmortalizado millones de veces antes que yo.
Hoy he cambiado mi enfoque. Viajo más despacio, dejando momentos para el azar, explorando no solo los sitios «icónicos» sino también otros rincones olvidados pero igual de interesantes. He aprendido que un lugar se graba en la memoria solo cuando te conectas con él de verdad, no cuando tachas ítems de una lista.
El tema lo tenemos muy presente, sin ir más lejos mientras escribo este texto. Me encuentro dentro un avión rumbo a Oporto, donde he estado antes en dos ocasiones y no puedo evitar fijarme en la pareja sentada a mi lado. Conversan mientras revisan pantallazos de “10 cosas que ver”, “rutas perfectas” «lo mejor de Oporto en un día»… El chico desplaza el dedo por la pantalla de su smartphone con gesto nervioso, como si Oporto, una ciudad con tanto que descubrir, cupiera en una lista de tareas.
—“Esto no nos va a dar tiempo”, dice él, mirando y señalando el listado.
Ella suspira, borra un sitio, añade otro. Borran lugares y actividades de una ciudad sin haberla pisado todavía.
Yo los observo en silencio, con el rumor del avión temblándome bajo los pies, y pienso en la maravillosa ciudad que nos espera al aterrizar, respirando, viva, ajena a sus pantallazos.
Ellos miran una pantalla, con la «ansiedad por verlo todo» y yo imagino una ciudad por la que pasear tranquilamente.
En ese momento me pregunto, sin decirlo en voz alta: ¿cuándo dejamos de explorar para empezar a obedecer?
Tratamientos posibles: cómo curar el turismo
Si antes te decía que somos parte del problema la buena noticia es que también somos parte de la solución. Y es que para que esto del turismo, que tanto nos gusta, no termine en una muerte, debemos repensar nuestra forma de viajar.
Aquí van algunas «prescripciones» prácticas y fáciles de implementar pero muy importantes:
Evita las horas punta del día: Las primeras horas de la mañana o el final de la tarde suelen ser los momentos más tranquilos. Llegar a sitios más visitados antes de que abran las puertas o justo cuando empieza a bajar la marea de turistas permite verlos casi en soledad y con luz más suave para fotos.
Explora rutas y lugares menos conocidos: En lugar de centrarte solo en los «imperdibles” del listado, recuerda que en la mayoría de las ocasiones, a solo cinco o diez minutos de los mayores focos turísticos, suele haber lugares auténticos como: restaurantes, tiendas, museos… esperando ser descubiertos. Tan solo investiga un poco antes de viajar o pregunta a la gente local.
Elige destinos alternativos: El mundo es enorme, no te limites a las listas virales que saturan los mismos lugares. Por ejemplo, en lugar de sufrir con las multitudes de Venecia, considera Sibiu, en Rumanía, una ciudad medieval con un encanto histórico y cultural único en Transilvania. Sigüenza en Guadalajara, famosa por su catedral gótica y castillo medieval. Kotor en Montenegro, una bahía fortificada con vistas espectaculares. Uzès en Francia, un pueblo medieval con mercados vibrantes y arquitectura renacentista o Sarajevo en Bosnia-Herzegovina, una ciudad con una rica mezcla cultural e historia reciente. Estos lugares guardan un encanto auténtico sin las aglomeraciones y hay millones de ellos alrededor del mundo.
Viaja entre semana y en temporada baja: Si te es posible viaja en temporada baja o fechas diferentes al resto. Además de resultar mas económico, las ciudades respiran mejor sin multitudes, y tú también disfrutarás más.
Evita el postureo constante: No todo momento capturado necesita ser compartido en las redes sociales, deja que algunas experiencias sean solo tuyas.
Consume y compra como un local: Si sales de la zona turística no te será difícil encontrar el auténtico alma del lugar en mercados y establecimientos locales. Además gastarte menos, con este pequeño gesto, estarás ayudando a la economía real del destino.
Conversa con locales: La mejor guía no es un «listado» o un «vídeo viral» en una red social, una charla con quienes viven allí, te descubrir lugares incluso fuera de guías turísticas, nadie como ellos conoce mejor su lugar.
Aún estamos a tiempo
A pesar de los daños acumulados, no todo esta perdido y aún estamos a tiempo. Pero el reloj avanza, salvémoslo antes de que sea irreversible. Pienso que no hace falta ser ministro de nada para empezar a cambiar esto. Basta con viajar de otra manera. Con mirar menos las listas y más a la gente. Con preguntar antes de entrar, con caminar sin tanta prisa, con dejar algo bueno cuando te vas. Si lo hacemos nosotros, uno a uno, todo lo demás acaba viniendo detrás.
Consejo de viajero
Antes de planear tu próximo viaje hazte esta pregúnta: ¿Voy porque realmente me atrae, o porque las tendencias me lo imponen? La respuesta distinguirá al turista destructivo del viajero consciente.
Texto y fotografías: Santino Álvarez



Hola Santino!
Vengo de tu newsletter y me ha parecido una lectura fascinante, además de que tus reflexionen son muy acertadas y debo añadir que tu tono y estilo de comunicación es muy top. Enhorabuena!
El turismo en la actualidad es un servicio de consumo masivo como contrapunto a la rutina de muchos. La contraposición entre ocio y negocio (ocio = vacaciones/ negocio = negación del ocio) es una realidad para muchos.
No he leído mucho para saber de qué estilo de vida llevas (trabajo 40/5) o por el contrario libertad geográfica y horaria). Puedo presuponer que la segunda, al igual que yo.
Los que entran en el primer grupo, si somos objetivos, no tienen tiempo amigo. Su vida se limita a un trabajo que les ata y con suerte pillan 4-5 semanas de vacaciones anuales.
Teniendo en cuenta lo mencionado, los que no siguen «una lista de tareas» son la excepción y no la regla, si bien quedan muchas personas en el primer grupo todavía dispuestas a perderse y salirse de lo habitual.
Lo último es únicamente una reflexión adicional desde mi perspectiva a tu artículo, del que comparto todos sus puntos.
De nuevo, enhorabuena por el post y las reflexiones. Te ha quedado tremendo 🔥
Un saludo!
Hola Miguel, muchas gracias por tus palabras, me has alegrado el día, jeje.
Me ha gustado mucho lo que dices de la contraposición… no lo había pensado nunca.
Gracias por leerme. Saludos.
Por cierto presupones bien. 😜
Gracias por esto Santino, estoy totalmente de acuerdo, es una cachetada en la cara que nos dice realmente lo que hacemos con el turismo que nada tiene común con el verbo viajar.
Ser turista es una cosa y viajar otra muy distinta. Hay que tomar distancia de esos rebasó de turistas que van con una planilla Exel en lugar de VIVIR los lugares que visitan.
Un abrazo
Gustavo, lo que dices toca el punto clave, esa diferencia que a muchos les molesta escuchar, pero que es real. Viajar exige tiempo, presencia, renuncia al control absoluto. El turismo, tal como lo estamos consumiendo, muchas veces es solo una lista de tareas cumplidas con la ansiedad de quien no quiere perderse nada… y al final se lo pierde todo.
Ojalá más gente se atreviera a soltarse, llegar sin guion y dejar que el lugar le pase por dentro. Ahí empieza de verdad el viaje.
Muchas gracias por leerme y mucho más por mojarte y opinar. Gracias y un saludo.