Siempre he creído que viajar es mucho más que ver los lugares más famosos de cada sitio y tomar apresuradamente las típicas fotos de rigor. Para mí, viajar es la excusa perfecta para sumergirme en las historias de los lugares, de las personas y del ambiente que me rodea. Explorar la vida real que se esconde detrás de las bonitas, y muchas veces vacías, fachadas turísticas. Prefiero ir a mi aire, perderme en las calles menos transitadas, descubrir rincones que no salen en las guías y, sobre todo, mezclarme con la gente local. Fue así como en mi viaje por Japón, concretamente en Tokio, cuando me encontré con una figura que al principio no supe reconocer, los “salaryman”.

Al principio percibí estas curiosas figuras como unos actores más en la cotidiana vida de la ciudad: trabajadores de oficina vestidos, prácticamente todos igual, traje oscuro y maletín, con una elegancia inquietante, una uniformidad que me resultaba perturbadora, como si todos fueran piezas de un mismo rompecabezas, pero con una extraña sombra en sus ojos que los hacía ver más distantes de lo humano. Iban corriendo por las calles de un lado a otro o apretujados en el metro.
Estaban en todas partes, a todas horas, como si Tokio no pudiera existir sin ellos. Pasaban como sombras sin que nadie, a parte de mi, les prestara atención, pero que en el fondo parecían sostener toda la maquinaria de la ciudad.
No fue hasta que llegué a Kioto y conocí a Nabil, un chico español que también estaba viajando por Japón y que sentía una gran fascinación por el país, que escuché por primera vez la palabra «salaryman». Una persona, generalmente hombre, trabajador de oficina y que recibe un salario fijo.
Nabil, además de abrirme lo ojos a un tema totalmente desconocido para mí, me explicó que estos hombres eran mucho más que simples trabajadores de oficina. Los salaryman son un reflejo de un sistema implacable que los absorbe por completo. Notaba la mezcla de admiración y tristeza con la que Nabil hablaba de ellos, como si llevaran en los hombros un peso que nadie más podía entender. Mi nuevo amigos me contó cómo la cultura laboral japonesa los arrastra a una vida de sacrificio constante, donde el trabajo parece ser lo único que importa.
Fue entonces cuando empecé a verlos con otros ojos. Ya no eran solo figuras que pasaban desapercibidas en la rutina diaria de las ciudades, sino personas atrapadas en una estructura que no les dejaba respiro. Y mientras caminaba por las calles, cada salaryman que me cruzaba parecía contarme su historia de agotamiento, sacrificio y la constante búsqueda de un propósito más allá de su maletín y su traje.
Los Salaryman, los fantasmas de Japón
Los salaryman son como “fantasmas modernos”. Es difícil caminar por cualquiera de las grandes ciudades japonesas sin cruzarse con alguno. Incluso sin haber estado en Japón, los habrás podido ver mil veces en imágenes, en diferentes medios de comunicación o incluso en el cine. Son los típicos hombres de negocios con traje y corbata, siempre con cara de cansancio y un maletín en la mano. A cualquier hora y en cualquier lugar, siempre hay alguno. Podrás estar en un izakaya tomando algo, en el metro a medianoche o en una tienda konbini comprando un tentempié, y ahí están ellos, como si formaran parte del paisaje urbano.
La historia detrás del peculiar uniforme
La vestimenta de los salaryman, compuesta por trajes y corbatas en tonos negros, grises y blancos, fue diseñada para transmitir seriedad, neutralidad y un sentido de pertenencia a un colectivo, algo muy valorado en la cultura nipona. Una combinación perfecta que, además de ahorrar tiempo al elegir ropa cada día, oculta mejor las manchas y soporta las largas jornadas laborales.
Este estilo tiene sus raíces en una época en la que Japón intentaba reconstruirse tras la Segunda Guerra Mundial. El modelo era claro: trabajo seguro de por vida, lealtad a la empresa, largas jornadas laborales y sacrificios personales. Sin embargo, ese modelo, que en su día tuvo sentido, parece haberse quedado atascado en el tiempo. Hoy, muchos salaryman viven atrapados en una cultura laboral implacable, donde el cansancio físico y mental es parte de la rutina, y las recompensas son cada vez más difusas.
A la base del traje se le pueden añadir toques personales con accesorios discretos, como una corbata especial o un reloj, pero el diseño debe seguir siendo sobrio. Las extravagancias podrían considerarse un intento de destacar más que el grupo, algo que choca con la mentalidad japonesa de «encajar»
En verano, muchos salaryman participan en el programa gubernamental Cool Biz, que permite usar ropa más ligera, como camisas sin corbata, para combatir el calor y reducir el consumo de aire acondicionado. Esto muestra cómo, en Japón, incluso la vestimenta puede adaptarse a políticas ambientales.
Dedicación extrema
Trabajar en Japón no es solo cumplir con las horas de oficina, es vivir para la empresa. La jornada de un salaryman empieza muy temprano, se extiende hasta bien entrada la noche, y termina, en muchos casos, con un par de copas en algún bar junto a sus compañeros. Esa «vida social» obligatoria, lejos de ser un alivio, es casi otra parte del trabajo. Negarse a asistir a estos encuentros no está bien visto.
Es en este contexto donde los hoteles cápsula, un icono del Japón moderno, entran en escena. Diseñados originalmente en los años 70 para ofrecer un refugio rápido y asequible a los viajeros de negocios, se convirtieron en una solución ideal para los salaryman que, tras una jornada interminable o una noche de izakayas, no lograban regresar a casa. Las cápsulas, compactas y funcionales, ofrecen lo esencial: una cama, algo de privacidad y una noche de descanso. Este diseño minimalista no solo responde a la falta de espacio en las ciudades, sino también a la filosofía de eficiencia que define la vida laboral japonesa.
El problema es que muchos recurren al alcohol como una forma rápida de alivio. Incluso llegué a ver a un salaryman en una tienda konbini comprando pequeñas botellitas de licor que venden junto a las bebidas normales. Ahí mismo las abrió y las bebió de un trago como si fueran lo único que podría ayudarlo a sobrellevar el día. Esta escena me dejó claro el peso que cargan a diario, y como muchos intentan escapar de él, aunque sea por un momento.
Alcohol y agotamiento: el coste oculto
Esas reuniones de después del trabajo no son solo una ocasión para socializar, sino un deber no escrito, una parte de la cultura laboral que exige no solo tiempo, sino también un desgaste emocional y físico adicional. Para algunos salaryman, el alcohol ha dejado de ser algo ocasional y se ha convertido en un refugio constante, una forma de lidiar con el agotamiento que no tiene fin.
No es raro ver a salaryman durmiendo borrachos en cualquier lugar: desde un banco en un parque hasta tirados en el suelo, con el maletín aún en la mano. Estas imágenes, aunque impactantes, se han vuelto casi invisibles para la rutina de la ciudad, pero reflejan el profundo agotamiento que estas personas llevan consigo.
Es imposible no preguntarse hasta dónde llega ese desgaste, hasta qué punto la necesidad de cumplir con un sistema que no perdona acaba por consumir no solo el cuerpo, sino también el alma. ¿Cuánto más pueden ofrecer antes de que se derrumben por dentro? Esa pregunta, que a menudo queda sin respuesta, parece perseguir a cada salaryman que me cruzo, una sombra que se desplaza sin esperanza de descanso.
La combinación de largas horas de trabajo, estrés y consumo de alcohol se convierte en un cóctel explosivo que, en el peor de los casos, lleva a algunos a sufrir el fenómeno del “karoshi” (muerte por exceso de trabajo).
Un deseo de cambio
Sin embargo, en Japón está empezando a sentirse el deseo de un cambio. La nueva generación de trabajadores, sobre todo los jóvenes, no está dispuesta a aceptar esta vida como algo inevitable. Quieren equilibrio entre su vida laboral y personal, y buscan trabajos más flexibles, donde no tengan que sacrificar su bienestar por un empleo.
Pero el cambio es lento. La cultura laboral japonesa sigue viendo la devoción al trabajo como una virtud esencial, y muchos de estos salaryman aún sienten que no pueden romper con esa tradición. Para ellos, quizá, dar el salto hacia una vida diferente sea tan difícil como vivir la que ya tienen.
¿Adiós a los salaryman?
No es solo en Japón donde la gente vive encadenada al trabajo, aunque allí los salaryman sean el ejemplo más visible, en todo el mundo, hay quienes se ven obligados a ofrecer su vida al empleo: jornadas interminables, reuniones fuera de horario y una sensación constante de que nunca es suficiente. En Estados Unidos, el «hustle culture» vende la idea de que el éxito justifica el agotamiento. En Europa, países con horarios laborales más razonables aún lidian con el estrés de cumplir objetivos inalcanzables. Es un fenómeno global: sacrificamos tiempo, salud y relaciones personales en nombre de una productividad que rara vez nos pertenece. Hace tiempo que vivimos para trabajar, y ni siquiera lo cuestionamos.
Todavía no se sabe si la figura del salaryman desaparecerá del todo, pero lo cierto es que algo está cambiando. Japón se enfrenta a una gran decisión: redescubrir cómo trabajar sin perder el alma en el proceso. Quizá algún día, los salaryman ya no sean estos fantasmas agotados en el tren o en las calles, sino personas con una vida más libre y plena, donde ser parte de una empresa no signifique perderse en ella.
En lo personal, me resultó muy impactante verlos en cada rincón de Japón: en las estaciones, caminando solos de madrugada, o apretados en el metro. Sus rostros cansados me hablaban de una lucha constante, silenciosa, que pocas veces alguien nota. Todos iguales, casi invisibles para el resto, atrapados en una rutina que los consume.
Espero que el futuro les ofrezca más oportunidades para respirar, para elegir, para ser más ellos y menos parte de una infernal maquinaria que no deja de funcionar. Por ahora, el salaryman sigue siendo parte de la cultura de Japón, una figura que se niega a desaparecer del todo, pero que, en el fondo, está pidiendo un cambio para que vivir y trabajar en Japón no signifique quedarse atrapado en una existencia fantasmagórica.
Para que te puedas hacer una idea te dejo el cortometraje de Richard Lalonde: Un día en la vida de un salaryman japonés perdido en su rutina repetitiva.
Texto y fotografías: Santino Álvarez
fotografía portada: DilEmma Photography

