
Desde hace ya más de una década me dedico a recorrer el mundo, por libre, para luego contar mis crónicas viajeras sobre los diferentes lugares que visito y las culturas que me voy encontrando, en mi blog y en diferentes publicaciones relacionadas con los viajes.
En toda mi vida viajera puedes imaginar que he tomado infinidad de vuelos, la verdad hace años que perdí la cuenta, pero esta será la primera vez que me toque volar en un día tan significativo como este.
Una día grabado en mi memoria
Recuerdo con absoluta claridad aquel fatídico 11 de septiembre de 2001. Por aquel entonces yo vivía y trabajaba como peluquero en Teruel una tranquila, pequeña y bella ciudad española. Mi lugar de trabajo estaba ubicado justo debajo de donde vivía. Era la hora de comer y había subido tan solo unos minutos antes de 15:00h a mi casa. Al abrir la puerta de casa, hasta mi nariz llegó el aroma a lentejas recién hechas, que me guió directamente a la cocina. Allí se encontraba mi madre. Me lavé las manos y hablé un momento con ella, quien acababa de prepararlas. Las lentejas son una de mis comidas favoritas, estaba feliz. Tomé el cazo y me serví un buen plato, luego me dirigí al comedor y me senté a la mesa para comerlas mirando un poco la televisión. Aquella mañana mi trabajo había sido de lo más normal, sin nada especial que la distinguiera del resto.
Mientras disfrutaba de las riquísimas lentejas, comenzó el telediario. Lo primero que mostraron fueron unas imágenes en vivo de una gran humareda negra saliendo de una de las torres gemelas de Nueva York. La voz en off del presentador, relataba que ese humo provenía de una avioneta que accidentalmente había chocado contra ella. Mientras el presentador, Matías Prats, continuaba hablando sobre dicho accidente y en absoluto directo, se vio cómo un avión entraba en el plano que en esos momentos mostraba la TV y se estrellaba contra la otra torre del World Trade Center. En ese momento, las dos torres, ahora envueltas en humo, eran los edificios más altos del mundo, y un icono del poder económico de los Estados Unidos.
Aunque al principio yo, imagino que como todos, pensé que se trataba de un accidente, cuando ya vi el segundo avión impactar en la otra torre, me quedó claro que estaba presenciando algo inimaginable: un atentado a gran escala.
Las horas siguientes fueron de mal en peor, un torbellino de horror y confusión. Cada nueva información que llegaba añadía aún más tragedia a todo lo ocurrido. Alargué mi habitual hora de comida y me quedé viendo la TV hasta más o menos las 17:00h. Llamé a amigos y familiares, buscando alguna respuesta o quizás un poco de consuelo en medio de todo el caos en el que todos los canales de TV estaban metidos. La sensación de vulnerabilidad, de que el mundo que conocíamos se había vuelto un lugar menos seguro y de que algo muy gordo iba a pasar, se instaló en mí y puedo afirmar que también en toda la sociedad.
La incertidumbre era axfisiante, mientras las explosiones continuaban en las torres y parte de las miles de personas atrapadas en los colosales edificios comenzaba a tirarse desde las ventanas, seguían llegando nuevas y tremendas noticias: dos aviones de pasajeros más habían sido secuestrados con la idea de después estrellarlos contra el Pentágono uno, y otro, que iba en dirección Washington, directo contra el Capitolio. Este último, y gracias a la inestimable ayuda de los pasajeros, logró ser desviado de su objetivo, aunque no pudo evitar el fatídico final a el ser estrellado en un condado de Pittsburgh, Pensilvania. No puedo imaginar lo que pasaron esas personas dentro de ese avión, ni todas las demás, antes de tan terrible final.
La sombra del pasado en cada vuelo
Desde aquel espantoso día, cada vez que subo a un avión, la sombra de aquello me persigue. Aunque mi pasión por los viajes y por contar historias siempre ha sido más fuerte que mi miedo, tener que volar el 11S, hace que ese temor sea particularmente palpable. Esta fecha trae hacia mí el sentimiento de que algo igual o parecido vuelva a ocurrir y siento que mi pánico se hace más profundo y persistente. Pero no tendré otra opción que enfrentar mi mayor temor con toda la determinación posible.
Mi vida como cronista de viajes me ha llevado por muchos lugares diferentes y me ha permitido conocer a miles de personas increíbles, pero el miedo a volar ha ido creciendo con los años.
El miedo es una emoción humana que todos lo sentimos, pero no podemos dejar que eso nos paralice. Debemos enfrentarlo y seguir adelante. Este vuelo a Shanghái será una vez más una prueba de de mi fuerza para no dejar que el miedo me controle. Sé que al llegar me esperará una rica cultura, experiencias nuevas y, posiblemente, historias que marcarán mi vida, y eso me da muchos ánimos. Sin embargo, mientras escribo, esto en la madrugada previa al vuelo, con esso recuerdos pesando cada vez más sobre mí, la fragilidad que siento es muy grande.
Mañana, al abordar el avión, trataré de mantener la calma. Seguiré el mismo ritual de siempre: entraré de los primeros, encontraré mi asiento, colocaré la mochila, me sentaré, abrocharé el cinturón, respiraré profundamente y cerraré los ojos. Aun así con todo, también como siempre me pasa en los últimos años, no podré evitar que mis manos suden y que un leve temblor recorra mi cuerpo, pero también como siempre, me digo a mí mismo. «Pero hombre, no te preocupes tanto que todo va a estar bien».
Cada vuelo que hago es una pequeña victoria sobre mi fobia, una afirmación de que, a pesar de los dolorosos recuerdos, no hay otra que seguir adelante. Pero ya no es el mismo miedo que sentí hace 23 años. He aprendido que viajar no solo me lleva a nuevos destinos, sino que me ayuda a enfrentarme a mis propios fantasmas. Y cada aterrizaje es la prueba de que el mundo, a pesar de todo, sigue girando.
Al final, nuestros temores, por más profundos que sean, son parte de la vida. Ellos nos recuerdan que estamos vivos, que sentimos y que recordamos. Pero más allá del miedo, está la voluntad de seguir adelante, de encontrar significado en cada paso que damos. Viajar no solo es explorar nuevos lugares sino que también un viaje hacia nuestro interior, que nos ayuda a superar las sombras del pasado y nos permite avanzar a pesar de ellas.
Quizás te parecerá una tonteria pero cada vuelo, al igual que cada paso que das en la vida, es un acto de valentía, un testimonio de la resiliencia del espíritu humano. Al fin y al cabo, que es la vida sino un viaje, y al superar el miedo, en cada aterrizaje, encontramos no solo un nuevo destino, sino también una nueva versión de nosotros mismos, más fuerte y también más libre.
No dejes nunca que el miedo te robe la oportunidad de descubrir todo lo que el mundo y la vida tienen para ofrecerte.
Texto y fotografías: Santino Álvarez




