Adiós Blu, mi querida amiga

Como tantas veces en la vida, el momento de enfrentar un inevitable adiós llega. Mi fiel compañera de incontables jornadas y testigo de innumerables historias, descansaba ahora en un rincón olvidado de la habitación.

Desde hace años tengo por costumbre poner nombres a mis objetos personales. Más que una simple manía, para mí, es una expresión de cariño y conexión emocional con esos elementos que forman parte de mi día a día. Al nombrarlos, les otorgo personalidad y los elevo de simples instrumentos a compañeros de vida. Según me dijo hace un tiempo un amigo psicólogo, este hecho refleja mi apreciación por los detalles y mi inclinación en buscar lo poético en lo cotidiano.

Este hábito también revela una capacidad extra para encontrar belleza y significado en lo mundano, transformando lo inanimado en parte de un círculo más íntimo y creando un entorno mucho más cálido y familiar. Una manifestación de cómo me relaciono afectivamente con el mundo que me rodea, dándole un toque único a mi experiencia vital. Es así como bauticé a mi coche como Merchi, a mi robot aspiradora como Virtudes o a mi mochila con el nombre de Blu.

Blu, mi fiel amiga

A lo largo de los años Blu, mi mochila azul, ha sido mi compañera de viaje y mi fiel confidente en muchos momentos de soledad. Ha sido mi aliada, mi única compañía en las travesías más duras y audaces descubriendo cientos de lugares a lo largo de los años. Desde países lejanos, pasando por increíbles ciudades, las montañas más altas hasta los valles más profundos, Blu siempre ha estado a mi lado, portando y compartiendo el peso de mis sueños y aspiraciones.

Blu, incluso esperó paciente en el armario cuando al volver de África, en Venecia, nos sorprendió una pandemia mundial. Después, cuando todo volvió a la “nueva normalidad”, me acompañó durante 42 días en una de las aventuras mas increíbles de mi vida, el reto de hacer el Camino de Santiago desde la puerta de mi casa, en Valencia, hasta la puerta de la catedral de Santiago, 1342km que recorrí a pie con mi fiel amiga abrazándome suavemente. Me secaba el sudor en los días más calurosos, me servía de almohada en mis momentos de reposo y guardó muchos de mis sueños.

Un descanso en el Camino de Santiago

Cuando parecía que íbamos retomando el ritmo viajero de nuestros mejores tiempos, al volver de un largo viaje que me llevo por varias capitales bálticas, Islandia y Dublín llegó otro palo, la enfermedad de mi madre, que nos tuvo otra vez casi año y medio encerrados, a mí en la casa y a ella enrollada en el fondo de un armario.

Por suerte todo fue mejorando y aunque tanto tú como yo ya estábamos tocados por el tiempo y por los últimos acontecimientos, una vez más volvimos a viajar. Sin embargo esa vez no fue como las anteriores con esos larguísimos que tanto nos gustaban. Fueron solo unos pocos días, lo justo para volver a coger carrerilla y quitarnos el óxido.

Nos fuimos cerca, a Marrakech, donde tantas veces viajamos anteriormente y donde casualmente, años atrás, también fue donde hicimos nuestro primer viaje juntos. Cosas del destino allí llegamos pasadas unas horas del terrible terremoto que sacudió el país y que tantos muertos causó. Aunque tuve miedo tengo que reconocer que fui valiente, al fin y al cabo ya había pasado y no podía hacer nada.

Ahora, Blu, desafortunadamente ya no puedes seguir, tus costuras están demasiado desgastadas por el tiempo y el roce con mi cuerpo y en cualquier momento en algún lugar del mundo podrías romperte, así que prefiero adelantarme y retirarte a tiempo. Como si de mi vida se tratase, cada remiendo que llevas en tu tela, realizado con amor por las frágiles manos de mi madre, cuenta una historia; cada mancha narra una experiencia, y cada rasguño relata un obstáculo superado.

Aunque la decisión no ha sido fácil, ha llegado el momento de dejar atrás la mochila que, de alguna manera, durante mis largos viajes se convirtió en una extensión de mi ser. En una tarde gris me siento frente a ella, acaricio su rugosa y gastada tela y a la mente me vienen muchos recuerdos y tantos momentos que compartimos juntos. Cada bolsillo guarda no solo objetos, sino también fragmentos de mi vida. En el fondo de uno de ellos, arrugados, encuentro algunos trozos de papel en los que se pueden ver apuntes. Aunque las frases están cortadas puedo leer algo y recordar que lo escribí durante alguna de mis largas travesías en algún tren de la India. Ahora esos pequeños trozos se han transformado en fotografías que capturan la esencia de esos lugares lejanos. Incluso hay pequeños tesoros viajeros: un piedra con una inscripción en color azul oscuro, un trocito de palo blanco, una pequeña placa de metal con un grabado, que recogí en algún lugar de Vietnam. Cosas sin valor material pero que para mí significan mucho.

Con manos temblorosas, comienzo a guardar en cajones y despedirme de cada objeto, de cada recuerdo. Cada despedida es como arrancar un pedazo de mi propia historia. Pero, a pesar del dolor, sé que era hora de seguir adelante. El mundo me espera con nuevos desafíos, y Blu ya no puede acompañarme en nuevos viajes.

Al cerrar la cremallera de Blu por última vez, siento un nudo en la garganta. La mochila, ahora vacía, yace en el suelo, flácida y sin vida, como una metáfora de los recuerdos que se desvanecen con el tiempo. Me levanto y la coloco con cuidado en un rincón de la habitación, como si con ello quisiera hacer un santuario de momentos vividos.

Praga, primer viaje sin Blu

Intento llenar el vacío con nuevas experiencias y compañías, pero ninguna puede igualar la conexión única que tenía con mi fiel compañera de viaje. En lugar de lamentarme por la pérdida, decido honrar el adiós definitivo transformándolo en un nuevo comienzo. Con cada paso, cada amanecer y cada atardecer, llevo conmigo las lecciones aprendidas. Al fin y al cabo, la vida es un viaje constante, lleno de despedidas y nuevos encuentros. Aunque Blu no es solo un objeto; es el testigo de mi crecimiento personal, la guardiana de muchos de mis secretos más profundos.

Pocos días antes de la navidad me voy a conocer Praga, la capital checa, para el viaje me llevo una mochila gris que tengo por casa, bastante mas pequeña pero me acopla bien. Los días pasan, pero el vacío persiste. Mi espalda ya no siente la reconfortante caricia de Blu, y mis pasos parecen menos seguros sin su compañía. Las nuevas experiencias pierden parte de su magia al no compartirlas con mi vieja amiga.

Sin embargo, en la tristeza de la despedida, descubro una verdad reconfortante: los recuerdos no se desvanecen con los objetos. Aunque Blu ya no esté físicamente a mi lado, nuestras historias perdurarán para siempre en mi corazón. Cada paso que doy ahora es un homenaje silencioso a los caminos que hemos recorrido juntos.

Y así, con el adiós definitivo a mi fiel mochila azul, debo continuar mi viaje. Cada día es una página en blanco, lista para escribir nuevas historias, pero siempre llevando conmigo la esencia de las travesías compartidas. La vida sigue, y aunque las despedidas duelen, a veces es necesario dejar atrás lo conocido para descubrir lo que el futuro tiene reservado. Aprendo a encontrar la belleza en la transitoriedad, a valorar cada encuentro efímero y a apreciar la fragilidad de la existencia.

Nueva ilusión

Días después, con el dolor aún latente, me dirijo a una tienda cercana. Un nuevo viaje se vislumbraba en el horizonte, y necesito llenar el vacío dejado por Blu.

Al entrar voy directamente a la sección de mochilas, buscando alguna que se le asemeje. Reviso pesos, dimensiones, colores… pero ninguno cumple con mis expectativas. Casi resignado, en un rincón descubro una mochila muy doblada, casi invisible. Me acerco, la despliego, la abro y exploro su interior, tras un buen rato pensándolo, decido que ella ser mi nueva compañera.

Blu, sentando en el suelo de la tienda pienso en ti, quiero contarte que hoy mi corazón se llena de alegría. Entra en mi vida Canelita, mi nueva compañera de viajes de color tierra.
He elegido este color por su conexión con la naturaleza y su versatilidad atemporal. Este tono evoca la calidez del suelo bajo nuestros pies, la serenidad de los paisajes naturales y la estabilidad de la tierra misma. Además, el color tierra se integra armoniosamente con cualquier entorno, ya sea en la ciudad o en la montaña, lo que la hace perfecta para acompañarme en mis aventuras al aire libre o en mis desplazamientos diarios. Asimismo, simboliza la conexión con mis raíces y la importancia de mantener un equilibrio con el medio ambiente.

Es más pequeña que tú, pero también más ergonómica y cuenta con más bolsillos para organizar todo mejor. Aunque no ocupará tu lugar, estoy seguro de que viviremos grandes aventuras juntos y que estará a mi lado durante mucho tiempo.

Canelita

Con Canelita viajo por primera vez a Madrid para asistir a Fitur, la gran feria de turismo. Y tengo que reconocer que me fue muy útil. A mi vuelta, ademas de ropa y objetos personales, Canelita volvió cargada hasta los topes de nuevos destinos para, junto a mi, seguir descubriendo el mundo.

A los pocos días, mediados de febrero emprendimos nuestro primer gran viaje juntos que nos llevaría hacia una tierra milenaria, el mágico Egipto, una experiencia fascinante e inolvidable. Y no será el único destino, este año se promete viajero, Canelita y yo vamos a recorrer varios países, pero no estaremos solos, antes de partir le pedí a mi madre que cortase un trocito de la tela de Blu y la cosiera en uno de los compartimentos de Canelita, así que ahora siempre viajaremos los tres juntos.

Texto y fotografías: Santino Álvarez

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