De vuelta al paraíso, de vuelta a Asturias

Aunque durante años he viajado y sigo viajando por medio mundo, cada año, cuando llega el verano, mi corazón se acelera con la idea de volver a Asturias, la tierra donde, hace ya un tiempo, nací. Es un ritual que repito año tras año, un regreso a las raíces, al paraíso de mi infancia.

De Vuelta al Paraíso de Vuelta a Asturias

Aunque el trayecto en coche desde Valencia, la ciudad donde resido habitualmente, es largo y bastante tedioso, la emoción de lo que está por venir hace que cada kilómetro recorrido valga la pena.

Durante el itinerario atravieso diversas provincias de España: Cuenca, Madrid, Ávila y Valladolid, cada una con su propio paisaje. Pero es después de pasar La Robla uno de los últimos pueblos de la provincia León, antes de llegar a Asturias, cuando el entorno comienza a transformarse y ya se intuye la belleza de mi tierra.

Para hacer este largo viaje en coche evitando en lo posible el tráfico y los atascos, suelo salir de casa muy temprano, sobre las 05:00 h de la mañana. Gracias al super madrugón, es ya casi mediodía cuando por fin dejo atrás las calurosas tierras leonesas.

En ese momento, como si de un mapa animado en 3D se tratase, las montañas comienzan a elevarse majestuosamente a mi alrededor. El aire se vuelve más puro y fresco y la carretera serpentea a través de valles verdes que ya me van resultando bien conocidos. Es, en ese justo instante, en el que sé que ya estoy llegando a casa, a mi tierra.

El portal de los recuerdos

Uno de los momentos más especiales del largo recorrido siempre es el mismo: atravesar el Puerto de Pajares. Aunque desde hace años existe una autopista más cómoda y rápida para llegar de León a Asturias, yo prefiero volver a mi tierra por el mismo lugar por el que, un día, hace ya algo más de 40 años, la abandoné.

Este lugar, para mí, es una especie de asombroso portal que me lleva a los recuerdos de mi vida de entonces. La belleza de la primera vista de mi tierra natal desde ese lugar es incomparable.

Cada año, ahí, nada más pasar el cartel que indica que has entrado en el Principado de Asturias, en lo más alto de la carretera, hago una parada justo al lado del edificio del antiguo Parador Nacional de Turismo Pajares. Aún muy bien conservado reconvertido en la actualidad en una bonita cafetería.

Salgo del coche, respiro hondo y dejo que el aire fresco y limpio llene mis pulmones, activando a la vez mis neuronas. Por unos minutos contemplo en silencio el impresionante paisaje que se despliega ante mí. Un mar verde bajo un cielo de hermosas nubes blancas que flotan suavemente en el cielo azul, creando un contraste encantador que lo embellece aún más.

La luz del sol se filtra a través de ellas, proyectando suaves sombras sobre las colinas salpicadas de casas sueltas y aldeas, con las montañas como guardianas eternas de Asturias. Contemplar esta majestuosa panorámica llena de calma me conmueve profundamente. Es como estar dentro de un cuadro de Nicanor Piñole, el tiempo se detiene y solo mis recuerdos importan. Las tensiones y las inquietudes se evaporan, dando paso a una inmensa paz. Aquí, en el umbral de mi casa, me siento auténticamente yo.

Al cabo de un rato, subo nuevamente al coche, lo arranco y continúo el viaje. Voy descendiendo despacio por la temida y empinada carretera del Puerto de Pajares. En la actualidad, apenas tiene tráfico, pero recuerdo el miedo que pasaba de niño al pasar por aquí.

Por aquel entonces, como no había otra opción, esto era un no parar de coches y camiones. Mi madre, con toda su valentía, conducía lenta y segura su furgoneta verde de marca Ebro entre ellos. Veníamos desde nuestro pueblo, Grao, y la subíamos para llegar hasta León capital y a diferentes pueblos de la zona en busca de productos hortofrutícolas que por entonces no se encontraban en Asturias, por lo que mi madre los revendía al por mayor en los almacenes de Oviedo y en mercados locales a los que iba cada día.

Aún recuerdo esos mercados como si fuese hoy: Avilés, los lunes; los miércoles y domingos en Grao; los jueves en Pravia… Cuánto trabajó mi madre en aquella época. No me extraña que ahora, con 81 años, tenga tanto desgaste de huesos, si hasta subía y bajaba los pesados sacos de judías verdes, guisantes o cualquier otro producto ella misma, hasta donde hiciese falta.

Había veces que incluso en el mismo día hacía hasta dos de esos duros viajes ida y vuelta a León, y yo, con tan solo siete años era su única compañia en la mayoría de ellos, me sentia feliz. Esos fueron mis primeros viajes fuera del Principado.

Ahora, al ir conduciendo yo mismo y teniendo frente a mí la pendiente tan pronunciada y volver a ver las señales de tráfico anunciando el enorme desnivel, que en algunas zonas llega hasta el 17%, entiendo mi miedo de entonces. Aunque los coches de ahora son mejores y mucho más potentes, no deja de impresionar tanto la bajada como la subida.

No es sorprendente que ese tramo de carretera esté catalogado como uno de los «diez tramos más peligrosos de la red nacional de carreteras de España».

Sabor a infancia

Al llegar a mi destino, la casa de mi tía Argentina, situada en una pequeña aldea a escasos cuatro kilómetros de Oviedo, veo que ella, como siempre, está sentada en el porche y me espera con una sonrisa y un cariñoso abrazo. Esta mujer, que aunque ya sobrepasa los 96 años, sigue haciendo todo lo que puede en la casa, en las labores agrarias y cuidando de los animales. Argentina es una de las personas mayores con más energía que conozco.

La vieja casona de mi tía, con su bonita fachada de piedra, flanqueada a un lado por un vetusto hórreo de más de 300 años y al otro por un pequeño huerto lleno de diferentes verduras y hortalizas en pleno proceso de crecimiento, está rodeada de naturaleza, lo que convierte al lugar en un increíble refugio de armonía.

Hórreo Asturiano
Hórreo Asturiano

A la hora de comer, la cocina de mi tía es parada obligada. La gastronomía asturiana es una celebración de sabores y tradiciones, y ella elabora la cocina de siempre como nadie. Aunque es julio y hace un día de bastante calor, como sabe que me encanta, mi tía me ha preparado fabada asturiana, una de sus especialidades.

El aroma de las fabes cocinándose lentamente con chorizo, morcilla y tocino invade la casa. Con la primera cucharada que me llevo a la boca, siento que es un regreso a mi niñez, a esos días interminables de vacaciones de verano cuando mis únicas preocupaciones eran correr por los prados, bañarme en el río y jugar con los animales que teníamos en casa: perros, gatos, patos, conejos y gallinas. Siempre he sido un gran amante de todos los animales.

Imagino que como tú yo también tengo varios olores profundamente ligados a mi infancia en Asturias. Aunque pueda parecer extraño uno de ellos es el olor a estiércol de vaca, sé que para muchos podría resultar desagradable, pero que para mí es algo inconfundible de aquellos años. Otro de mis olores infantiles es el del pan recién hecho, cuyo aroma cálido y reconfortante me recuerda las mañanas en la aldea de mi abuela. Y, por supuesto, el olor de la hierba recién cortada, que se entremezcla con todo lo anterior y me transporta de inmediato a esos días de sencillez y despreocupación.

Días de paz y relax

Los días en el relax de Asturias pasan despacio, en un dulce vaivén de actividades y, sobre todo, mucho descanso. Aun así, no puedo resistir la llamada viajera y varios días me acerco a disfrutar de alguna de las numerosas playas de la costa asturiana. Aunque ahora me cuesta mucho bañarme en el mar Cantábrico, porque ya no estoy acostumbrado a las gélidas aguas del norte.

Puerto deportivo de Gijón en Asturias
Puerto de Gijón (Asturias)

Esta zona costera recibe el nombre de Costa Verde y no me extraña. Además de ser un espectáculo paisajístico con enormes acantilados, el verde de los prados prácticamente llega hasta los arenales, creando una imagen que a veces llega a ser hasta irreal.

Evitando en lo posible los lugares más turísticos, aún en muchos pueblecitos sigue habiendo pescadores locales. En ocasiones, me cruzo con ellos cuando vuelven de faenar y, yo que soy de charlar, me encanta preguntarles y oír sus historias de mar.

Mientras les escucho con atención, me fijo en sus rostros curtidos por el sol y el salitre, que me recuerdan la dureza de sus vidas. Siempre que puedo, compro algo de pescado o marisco fresco del mercado para disfrutar de una buena comida, que además de saber a mar, sobre todo sabe a tradición.

Por las noches, de vuelta a casa de mi tía en la aldea, disfruto también. Se duerme increíblemente bien; no se oye nada y el descanso es absoluto. Todas las mañanas, cuando despunta el alba, sobre las 05:30h, con puntualidad inglesa, los gallos de mi tía y de toda la zona indican el comienzo del día con sus sonoros «kikirikí». ¿Puede haber mejor manera de despertarse?

Nostalgia en el mercado

Aprovecho también el tiempo en Asturias para visitar a algunos de los tantos familiares que tengo repartidos por diferentes puntos. Durante estos días de reencuentro, sobre todo tengo una gran necesidad: aunque nací en Oviedo, necesito volver al lugar donde me crié, ver la casa de mi niñez en Grao.

La casa, salvo la pintura y una pequeña reforma por dentro, sigue estando prácticamente igual. Dejo el coche casi delante de ella y aprovecho para dar un paseo por la zona. Paso por delante el primer colegio donde estudié, hoy convertido en teatro y escuela de música. Entro en la iglesia donde hice mi primera comunion. Visito el animado Mercado de Grau, el más antiguo de Asturias, con infinidad de típicos productos de la tierra. Camino por él comprando una cosa aquí, otra allá. Y sobre todo, nunca me olvido de comprar carajitos del profesor, los dulces que de niño tanto me gustaban y me siguen gustando.

Estos dulces consisten principalmente en una mezcla de avellanas, azúcar y huevo, y son populares en el municipio de Salas, muy cerca de Grao. Se hornean hasta obtener una textura crujiente y tienen un sabor dulce y delicado. Te aseguro que si los pruebas, ya nunca olvidarás su sabor. ¡Están riquísimos!

Igual que cuando era niño y me sentaba entre repollos en el puesto de mi madre, una de las cosas que más me gusta es observar cómo las personas, con sus cestas de la compra van de un lado a otro, pasan entre los pasillos conversando animadamente, se saludan y comentan lo último. El mercado es como un gran acontecimiento social.

Mientras paseo por el mercado no puedo evitar oír las conversaciones de la gente. A mi cabeza viene el recuerdo de cómo mi madre trabajó toda su vida para darnos todo lo necesario. Sus muchos viajes, su sacrificio y su trabajo incansable. Me siento orgulloso de ser su hijo.

Los años han pasado pero las personas que conocí no han cambiado tanto. Es curioso ir caminando y ver tantas caras conocidas entre la gente con la que me cruzo aún así no dejo de tener la sensación de que yo soy el único que sigue igual. La mayoría no me reconocen, para ellos soy un total desconocido, pero yo sí que sé quienes son, y siento mucha nostalgia de aquellos tiempos.

Finalmente, como si de una escena de película antigua grabada en mi memoria se tratase, termino tomando un chocolate con churros en un pequeño al lado del mercado. Se trata de un sitio muy especial, pues mi madre y yo siempre parábamos allí por la mañana para tomar un desayuno antes continuar el trabajo y de que llegase la hora de regresar a casa, sobre las 15.00h tras una dura pero provechosa jornada de ventas.

Al volver para recoger el coche me encuentro a nuestra vecina más cercana, Pili, que en ese mismo momento está saliendo de la suya. Al llamarla, desde la cancela, se da la vuelta y nada más preguntarle si me conoce me dice: — «Claro, eres Tinin, sigues igual jajaja». Estamos un rato charlando y recuerda cuando a todos los guajes y guajas de la contornada nos veía jugar juntos en el río: Beatriz, Begoñita, Carlitos, Gerardo, Timi, Gloria y muchos más. Qué tiempos tan bonitos, añade. Me despido de ella con un par de besos y me meto en el coche con los ojos vidriosos por la emoción del momento.

Con mi vecina Pili

Una de las cosas que realmente hace especial este regreso anual a mi tierra sin duda es la gente. Los asturianos tienen una calidez y una generosidad que no he encontrado en ningún otro lugar. Las conversaciones en los bares, acompañadas de un culín de sidra y un pintxo, son animadas y llenas de risas. Aquí, en los pequeños pueblos, la vida sigue igual que cuando yo era niño y aún se sigue teniendo tiempo para un saludo, para una charla o para compartir una anécdota. Es una comunidad unida, donde todos se conocen y se cuidan. Prueba de ello es Pili, siempre tan cariñosa, pero nuestros otros vecinos ,se comportan de la misma forma.

El abrazo a la naturaleza

Mis días también incluyen largos paseos por el campo y los montes, a menudo acompañado de alguno de mis primos, explorando algunos de los senderos que solíamos recorrer de niños, aunque ahora con un ritmo más pausado. La naturaleza nos envuelve con una sinfonía de sonidos: el murmullo de los ríos, el canto de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles. No se oye nada de la ajetreada vida moderna y siento que cada paso me conecta más profundamente con mi tierra y con mis recuerdos.

Mi primo Carlos, el más mayor de los dos hijos de mi tía me lleva ha hacer unas rutas preciosas a diferentes lugares. Una de las situaciones más épicas y quizás el mayor reto senderista al que me he enfrentado a lo largo de mi vida, después de haber realizado el Camino de Santiago desde Valencia durante 42 días, y de la que estoy bien orgulloso de haberla podido completar, aunque con mucho esfuerzo, es el Ascenso al Peña Mea: el Gran Desafío. ¡Menuda aventura!

Por las noches en casa de mi tía, nos reunimos en la cocina, el corazón de la vida familiar asturiana. En muchas casas antiguas, la cocina es el primer espacio que se encuentra al entrar, reflejando su importancia en la vida diaria.

Las historias fluyen, entremezclándose las risas con el sonido de los cubiertos. Aunque la mayoría de ellas ya me las conozco de oírlas mil veces, mi tía, con su voz suave y sus ojos brillantes, otra vez cuenta las historias de generaciones pasadas. Manteniendo de ese modo viva la memoria de aquellos que ya no están con nosotros.

La despedida

Desgraciadamente, también cada año llega el inevitable momento de partir. Aún sabiendo que quizás la vida me regale otro verano en el paraíso, en este rincón del mundo donde la naturaleza, la comida, la gente y la familia se unen para crear un refugio de paz único para mí, me voy de mi casa, de mi Asturias querida, con el corazón lleno pero entristecido.

Hasta que pueda volver, los momentos vividos me acompañarán, recordándome siempre que «Yo nací en el paraíso, soy asturiano. ¡Gracias por ello, mamá!»

Texto y fotografías: Santino Álvarez

Santino Álvarez
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