Aquel día de julio comenzó tranquilo, como cualquier otro en el pintoresco valle asturiano donde estaba pasando unos días en casa de mi tía. Pero poco a poco se fue convirtiendo en una de las aventuras más memorables de mi vida.

Sin saber lo que me esperaba, a las 08:30h subí al coche que vino a recogerme con mi primo y dos amigos para hacer la ruta de ascenso al pico Peña Mea en Asturias.
Aunque en ese momento yo no lo sabía, el Peña Mea es una de las cumbres más emblemáticas de Asturias. Con una altitud de 1.557 metros sobre el nivel del mar, se destaca como uno de los puntos más elevados de la zona, popularmente conocido como «el techu de Laviana». Es famoso por su icónico «ojo de buey», un arco formado por la erosión kárstica a lo largo del tiempo, que ha creado una silueta singular e inconfundible de casi 20 metros de diámetro, y que parece una ventana abierta al paraíso.
Esta montaña asturiana es conocida por sus impresionantes vistas panorámicas, que abarcan, en días despejados, desde los Picos de Europa hasta prácticamente el mar Cantábrico. Es un lugar ideal para los aficionados al senderismo y al montañismo debido a su entorno natural prácticamente virgen.
El Peña Mea tiene una forma característica y es visible desde muchos puntos de los alrededores, lo que la convierte en un hito geográfico significativo en la región. La ascensión al Peña Mea ofrece la oportunidad de disfrutar de la flora y fauna autóctonas, así como de explorar el paisaje rural asturiano con sus tradicionales aldeas y prados.
La ruta más común para ascender al Peña Mea comienza en el pequeño pueblo de Pelúgano, ubicado en el concejo de Aller. Desde allí, los senderistas pueden seguir un camino bien marcado que los lleva hasta la cumbre. La caminata se prolonga varias horas y requiere un buen nivel de condición física debido a la inclinación y la altitud del terreno. Quizás si hubiese sabido todo esto antes, lo mas seguro es que no me habría aventurado a ir.
El Gran Desafío: La ascensión a Peña Mea
La subida a pie desde Pelúgano, un pintoresco pueblín salpicado de hórreos, donde nosotros comenzamos, hasta Peña Mea resultó ser muy bonita pero mucho más difícil de lo que ninguno de nosotros había anticipado.
El camino, inicialmente asfaltado y bastante sencillo, poco a poco se fue transformando en un desafío constante, con tramos escarpados y rocas traicioneras que en todo momento ponían a prueba nuestra resistencia y determinación.




A medida que avanzábamos, acercándonos más al cielo, al echar la vista atrás descubríamos el bello paisaje que se desplegaba ante nosotros, una sinfonía de verdes que variaban desde el esmeralda más profundo hasta el jade más claro. Los árboles y arbustos se mezclaban armoniosamente, creando un mosaico de vida que parecía respirar al unísono. El contraste entre el vibrante verde de la vegetación y la claridad de las rocas creaba una escena que parecía sacada de un cuadro. Es en esos momentos en los que te das cuenta de la grandeza del mundo natural y de tu pequeñísimo lugar en él.
Aunque el día estaba nublado y la temperatura era perfecta para realizar la enorme hazaña, el cansancio rápidamente comenzó a hacer mella en nosotros, ya que apenas hay tramos llanos donde puedas seguir caminando mientras tomas un pequeño aliento. Pero eso aún no suponía un problema y seguíamos adelante empujados por el fuerte deseo de alcanzar la cumbre.
Durante la subida, vimos muchas cosas llamaron mi atención: como unas bonitas flores color malva, conocidas como malvas silvestres. Otra bonita flor conocida como el azafrán de la pradera. Pero quizás una de las cosas que más me sorprendió fue la caca de raposa, según me dijo mi primo, suele hacer sus deposiciones encima de algo, yo la vi sobre caca de vaca y también sobre piedras. Parece una tontería pero aun siendo de Asturias nunca la había visto antes.


Además de un rebaño de ovejas pastando tranquilamente en las laderas verdes bien escoltadas por varios perros pastores, también tuvimos la suerte de avistar una preciosa yegua blanca con su cría, igualmente pastando en una ladera entre la niebla. Ese momento para mi fue muy mágico, totalmente parecía que estuviese caminando es un sueño.



Cuando nos encontrábamos ya cerca de la cima, no se la distancia exacta pero en tiempo equivaldría a unos 40 minutos más de ascenso, yo sentí que ya no podía más. Las piernas me temblaban, mis palpitaciones eran muy rápidas, casi 150 segun mi reloj y la respiración se me hacía cada vez más pesada. Aunque me costó bastante tomar la decisión, en un acto de rendición, decidí tirar la toalla. Mis compañeros me animaban a continuar, pero ante mi negativa, con palabras de aliento y una palmadita en la espalda, continuaron sin mí, mientras yo quedaba atrás, tratando de recuperar fuerzas.
Cuando me rendí, sentí una mezcla de desesperación, frustración y hasta vergüenza, pero tengo que admitirlo, tuve mucho miedo y tambien temia por mi seguridad.
Al quedarme solo y sentirme liberado de la gran gesta, me senté en un trozo de hierba al lado del camino, cogí el bollu preñau que había traído en su mochila uno de mis compañeros y que por supuesto no se me olvidó pedirle antes de que se fueran, y me puse a comerlo ya mucho más relajado. Mientras observaba tranquilamente el espectacular paisaje que me rodeaba, pensando que para mí, el haber llegado hasta hasta ese punto, ya era un gran logro en sí mismo.
Degustando el delicioso manjar asturiano, un sencillo pan embutido de chorizo, panceta y huevo duro, que se rellena antes de hornear y que al cocerse conjuntamente el pan toma todo el sabor del relleno y esta riquisimo, con cada bocado cada fibra de mi cuerpo parecía revivir.
El Esfuerzo Final a la Conquista de la Cima
De repente, en medio de esa inmensa paz, mi teléfono móvil vibró. Lo saqué del bolsillo del pantalón vaquero corto que llevaba puesto para ver a qué se debía y vi que era un mensaje de mi primo. El mensaje era una foto que mostraba una impresionante panorámica enviada desde la cumbre, que además de envidia, me llenó de una renovada determinación. En ese instante, sentí revitalizar, como si el medio bollu preñau que me había zampado y la foto hubieran infundido en mí una nueva dosis de magnífica energía. Decidí entonces que si, que podía continuar con el ascenso.
Aunque ascendía en solitario y avanzaba muy despacio y el miedo se apoderaba de mí, mi paso era firme. Aunque cada pocos metros volvía a detenerme y nuevamente me daba por vencido. Pasados unos minutos, las fuerzas y el coraje volvían a llenar mi espíritu y por qué no decirlo, también el maltrecho orgullo y lograba proseguir. Y así sucesivamente ni se la de veces. Menudos momentos tan complicados.
Cada paso era una batalla contra el terreno y contra mi fatiga. El camino se volvía cada vez más peligroso, con tramos estrechos y piedras sueltas que parecían querer hacerme retroceder. Nuevamente mi corazón latía con una fuerza inusitada. Nunca antes había sentido mi corazón palpitar tan rápido, y no solo por el esfuerzo físico, sino también por la adrenalina que corría por mis venas.
A medida que subía, me di cuenta de que esta aventura no solo era una prueba de resistencia física, sino también un viaje introspectivo. Recordé todos los momentos difíciles que había superado en la vida y cómo siempre había encontrado la fuerza para seguir adelante. Este ascenso era una metáfora de esos desafíos, y la cima representaba todas las metas que aún tenía por alcanzar.
Tan mal vi la cosa que incluso llegué a pensar en que esos podían ser mis últimos momentos de vida; con tan solo un pequeño resbalón, un paso mal dado, una pérdida de equilibrio o mareo, mi cuerpo podía caer y rodaría sin remedio montaña abajo, siendo irremediablemente la muerte mi final.
Hasta llegué a pensar en quedarme sentado sin moverme: ni para arriba, ni para abajo, llamar a los servicios de emergencia y esperar a que ellos, amablemente, me sacasen de allí. Luego me puse a gritar con fuerza para ver si mis acompañantes, desde la cima en caso de accidente, podrían oírme, pero no dio resultado. Nadie contestó.
Finalmente, después de unos minutos, que a mí me parecieron horas, en un momento que levanté la vista vi a lo lejos las siluetas de mis compañeros. Pero aunque los veía y podía hablar con ellos, como el camino sube serpenteando por la pedregosa ladera, aún me quedaba un poco de tiempo hasta poder reunirme con ellos.
Por fin, al dar el último paso y culminar la cumbre, un sentimiento de alivio y emoción se mezclaron en un grito de alegría que resonó en las montañas. Recuerdo que mientras mis compañeros gritaban de alegría felicitandome, aún pude sacar fuerzas y gritar «Es que soy asturiano y pues aquí estoy».
No podía creerlo, lo había conseguido, estaba en la cumbre del Peña Mea. El cansancio y la dificultad para respirar hizo que me tirase al suelo casi desmayado. Otra vez y segun mi reloj inteligente habíamos subido el equivalente a 128 pisos que son los pisos que tiene el edificio Torre Shanghái, que con 632 metros es el segundo rascacielos más alto del mundo. Curiosamente Shangai, donde se encuentra el magnífico edificio, era mi próximo destino viajero en el mes de septiembre de ese mismo año. Aunque el logro fue mayor ya que el desnivel que ascendimos desde Pelúgano había sido de 932 m, 104 metros más que el Burj khalifa, el rascacielos más alto del mundo. Como ves unas cifras de vértigo.
La Gran Recompensa
Después de recuperarme un poco el aliento y mientras me comía una manzana, compartimos historias de nuestras dificultades en el ascenso y admiramos juntos el impresionante paisaje que se extendía a nuestros pies. Desde allí arriba, todo parecía más pequeño, y los problemas que antes parecían enormes se reducían a meras anécdotas. Nuestro logro había sido grande.
Cada uno estábamos en una forma física diferente. Yo, aunque camino bastante, incluso 4 años antes llegue a hacer el camino de Santiago desde Valencia durante 42 días y casi 1400 kms, pero ahora suelo hacerlo en Valencia, una ciudad totalmente plana o en lugares fáciles. Sin embargo, mi primo, ya con 69 años, dos operaciones de prótesis de rodilla y su visión reducida a un solo ojo, nos había dado un gran ejemplo de superación. Durante todo el ascenso, él fue encabezando el grupo y llenándonos de energía mientras subía sin apenas descanso. Aunque él estaba más acostumbrado, a lo largo de su vida había trabajado arduamente en el campo y aún lo hacía, y también en algunas otras cosas igual o incluso más duras. A mi no me cabía en la cabeza como ese hombre podía hacer eso y estar ahí como si nada.
Arriba, en la cima, con cada inhalación profunda mis pulmones se iban llenando de aire puro y fresco mientras el viento acariciaba mi rostro con una suavidad casi maternal. Los sonidos de la naturaleza, el canto lejano de un pájaro, el susurro de la brisa pasando entre las rocas componían una melodía tranquila que me envolvía y me conectaba con la esencia misma de la tierra. Momentos unicos que creo que ninguno olvidaremos.
Después de descansar y hacernos las fotos de rigor para inmortalizar el momento, iniciamos, el también temido descenso, que aunque complicado resultó ser más llevadero por el logro ya conseguido.
Ese día aprendí que, a veces, el verdadero desafío no es la montaña, sino nuestra propia mente. Y que con determinación, buenos compañeros y un poco de bollu preñau, se puede conquistar cualquier cima, como la del Peña Mea en Asturias.
Texto y fotografías: Santino Álvarez




