Mi visita a Tanji, el tesoro pesquero de la costa de Gambia

Aunque no era mi primera vez en África, sí lo era en Tanji, un pequeño pueblecito en la costa de Gambia. Desde que comencé a explorar África hay una frase que suelo decir cuando me preguntan ¿qué hay de interesante para ver allí?: «A África no solo se va a ver, se va a sentir».

Atardece en la playa de Tanji (Gambia)

Y, una vez más, esta frase se cumplió de manera contundente. Pese a que inicialmente tenía pensado quedarme una sola noche antes de continuar mi viaje, la magia de Tanji me atrapó de tal manera que terminé quedándome ocho días, cada uno de ellos aún más fascinante que el anterior.

Tanji es famoso por ser uno de los principales puertos pesqueros de Gambia. Cada tarde los pescadores locales zarpan al mar en sus coloridas embarcaciones tradicionales, llevando consigo, además de todos los utensilios para la pesca, siglos de tradición. A su regreso, el puerto cobra vida con la actividad frenética de la descarga de pescado fresco, ofreciendo a los visitantes una visión cautivadora de la vida cotidiana de Tanji.

Mi Aventura en Tanji, Gambia

Supe de la existencia de Tanji casualmente gracias a un buen amigo viajero, Carlos, que también escribe sobre sus fantásticos viajes en su blog Carloselviajero y que había viajado meses antes a este rincón del mundo. Cuando vi sus fotos, en una red social, causaron en mí gran impacto y me llamaron tanto la atención que se me quedó grabado. Le pregunté sobre el lugar, busqué información online y lo que descubrí me gustó hasta tal punto, que tan solo unos días después, ya estaba planeando mi viaje a Gambia para poder vivir en primera persona la aventura.

Este singular pueblecito, totalmente desconocido para el turismo, vive por y para la pesca. Allí descubrí, no solo la calidez de la gente gambiana, sino también la riqueza de la ancestral tradición pesquera, que por unos días logró trasladarme al pasado.

Para mi estancia y aunque la zona dispone de varios buenos hoteles y resorts, decidí hospedarme en un modesto campamento, en una austera cabaña, a la orilla del mar, a escasos 20 metros del agua. Un refugio muy simple y sencillo, llamado Kebs Smilling (renombrado ahora como Simple Life) pero que a la vez estaba lleno de encanto.

Aunque el lugar no disponía de electricidad, Kebs, el dueño del campamento, cada tarde se encargaba de traer baterías portátiles para asegurarse de que pudiera cargar mi teléfono móvil y las baterías de mi cámara durante la noche.

Este pequeño gesto no solo era una muestra de la amabilidad por parte esté sonriente hombre, sino también de su comprensión de las necesidades de los viajeros modernos. Además, la ausencia de electricidad contribuyó a una desconexión total de la vida moderna, permitiéndome sumergirme plenamente en la tranquilidad del entorno natural y en la vida del pueblo. La iluminación nocturna era proporcionada por velas y linternas, lo que añadía un toque rústico y auténtico a la experiencia, haciendo que cada noche fuera un momento especial bajo el bonito cielo estrellado de África.

La ducha, al aire libre, era un simple círculo situado detrás de las cabañas, cercado con unas cuantas ramas secas de palmera y con el cielo como único techo. Dentro de ese cerco había un cubo con agua dulce que también, el propio Kebs, se encargaba de traer con esfuerzo de un pozo cercano. En el interior del cubo, además de agua limpia y clara, había un vaso grande de plástico para ayudar en la tarea de ir tirándome por encima el agua y así poder enjabonarme y posteriormente aclararme. Pero debo decir que fueron las duchas más divertidas y singulares de mi vida.

Como podrás imaginarte el baño no era mucho más que la ducha. Compartía el mismo sistema de construcción, cerramiento y techo. El retrete (por así decirlo) era simplemente un agujero abierto en la tierra, como se hacía antiguamente en España. A ese agujero, que conducía a un pozo negro y para que los turistas occidentales pudiésemos sentarnos más cómodamente, le habían acoplado una taza de váter fijandola a la tierra con cemento. ¿Y te preguntaras por la cisterna? Pues fácil, un cubo de agua.

Quizás todas estas cosas te parezcan solo incomodidades y lo veas como grandes inconvenientes, y seguramente tienes razón, pero, yo aunque un poco desubicado al principio, estaba encantado con todo. Sin duda este hándicap añadió una buena dosis de aventura a mi estancia.

Durante mi tiempo en Tanji, conocí a muchas personas, que digo muchas, muchísimas personas maravillosas con las que compartí conversaciones, risas y buenos momentos. También compartí comidas alrededor de la hoguera en el campamento con algunos extranjeros que pasaban largas temporadas en Gambia como: Sonia alicantina, Luci de Rumania y Coco, un chileno súper agradable y que ya se habían convertido en buenos amigos y se acercaban hasta el lugar disfrutar de la comida y la hospitalidad de Kebs.

Con Coco en el Kebs Smilling

Si los días eran mágicos las noches no se quedaban atrás. Tuve la suerte de coincidir con la luna llena que proyectaba su luz sobre los majestuosos baobabs justo al lado de mi cabaña, creando un paisaje onírico y surrealista.

Baobab bajo la luz de la luna
Baobab a la luz de la luna

El árbol baobab es conocido por su forma inusual y su apariencia única, con un grueso tronco que parece tener raíces en el aire. A pesar de su extraño aspecto, el baobab se ha convertido en un símbolo de resistencia y longevidad, ya que puede sobrevivir en condiciones extremas y vivir por miles de años. También es un árbol valioso para muchas comunidades africanas, proporcionando alimento, agua y refugio.

Hubo noches que las charlas se alargaban hasta bien entrada la noche. Incluso una noche, agotados y con la buena temperatura que hacía, después de ver un impresionante atardecer, tumbados en las hamacas y camas de madera situadas en la orilla sobre la arena, nos quedamos dormidos arropados por el suave murmullo de las olas.

Atardecer Tanji
Atardecer playa de Tanji

Durante mi estancia disfrute de la compañía constante de un amigo inesperado, un perro que siempre estaba mi lado. Desde el momento en que llegué, este simpático compañero me siguió a todas partes, como si hubiera asumido la responsabilidad de protegerme en todo momento. «Dorado» le puse de nombre.

Su presencia me brindaba una sensación de seguridad y de conexión con el lugar. No solo era un vigilante nocturno, sino también un buen amigo que me hacía compañía durante mis largos paseos por la playa y mis momentos de contemplación al atardecer. Aunque no hablaba ni comprendía lo que le decía, el vínculo que desarrollé con este Dorado fue una muestra del vínculo silencioso que a veces se forma entre los seres humanos y los animales. Me dio mucha lastima, al tener que irme, el momento que me tuve que despedir de él.

El tesoro de Tanji

Como apasionado viajero y fotógrafo de viajes, siempre estoy en busca de experiencias auténticas que me permitan sumergirme de lleno en la cultura local y capturar la esencia de un lugar a través de mi lente.

Cada mañana me levantaba al despuntar las primeras luces del día y desde mi cabaña, acompañado siempre por mi cuadrúpedo amigo, que dormía en la puerta de mi cabaña, acudía a ver la llegada de los pescadores en las coloridas pirogas (tipo de embarcación muy similar a las conocidas pateras o cayucos usados para la pesca). Zarpaban a la mar al caer la tarde y volvían por la mañana cargadas hasta los topes de peces de diferentes variedades.

Allí me movía de un lado para otro, nunca mejor dicho, como pez en el agua, cautivado por la frenética actividad de los pescadores descargando las capturas. El bullicio del mercado de pescado, lleno de diferentes variedades de coloridos peces, totalmente desconocidos para mí, despertaba mis sentidos y avivaba mi curiosidad por explorar más y más.

Durante la descarga del pescado, no solo los pescadores y los jóvenes del pueblo se sumaban a la actividad frenética, sino también las gaviotas que tenían en ese momento un festín. Mientras las embarcaciones llegaban a la orilla y comenzaba la descarga, las gaviotas volaban en círculos sobre las cabezas de los pescadores y porteadores lanzándose en picado para atrapar algún pez que por accidente caía al agua o quedaba expuesto. Su presencia añadía un toque aún más animado al bullicioso puerto, haciendo de la descarga del pescado un espectáculo fascinante.

La playa en esos momentos se transformaba en un hervidero de actividad. Estaba llena de gente vendiendo todo tipo de productos: mujeres con bandejas de café caliente, puestos improvisados de frutas frescas, niños y chavales jugando al fútbol entre las pirogas, niñas vendiendo hierbas medicinales, y hasta prostitutas en busca de clientes entre los pescadores recién llegados, incluso también entre los pocos visitantes extranjeros que había.

Mientras tanto, muchas mujeres del pueblo, jóvenes y no tan jóvenes, no dudaban también en entrar al agua, a veces incluso llegando hasta las propias pirogas, para seleccionar y comprar el pescado directamente de los botes. Como ves, en la playa de Tanji hay cabida para toda actividad, tanto lúdica como comercial.

Entre cada llegada de los pescadores también aprovechaba para caminar por las polvorientas calles de Tanji, donde me encontré con amables lugareños que compartían historias sobre la tradición pesquera de la región y la importancia del mar en la vida cotidiana de la comunidad.

Hubo un día que, los pescadores incluso me invitaron a unirme a ellos para que, me decían, pudiese experimentar en primera persona la emoción de zarpar al mar y ver la habilidad de los pescadores mientras lanzaban sus redes al agua. Por miedo, no de ellos, si no de que algún accidente pudiera pasarme, decliné la invitación. Hoy tengo que reconocer que me arrepiento mucho de no haberlo hecho.

Un momento muy especial

Uno de los momentos más especiales de mi estancia fue cuando tuve la oportunidad de interactuar con los chicos encargados de descargar el pescado de las pirogas. Estos jóvenes, fuertes y llenos de energía, se encargaban de trasladar, prácticamente sumergidos en el agua del mar hasta la cabeza, las capturas desde las embarcaciones hasta la orilla donde esperaban los compradores.

Al finalizar la descarga, unas tres horas de duro trabajo, cada equipo, formado por diez o doce chavales, se dirigían a una especie de cabañas hechas de hojalata situadas detrás el mercado donde se repartían las ganancias del día. En esa ocasión, uno de ellos me agarró de la mano y sin soltarme durante todo el trayecto, me llevó con ellos. Una vez en la puerta me invitó a entrar, yo por supuesto esa vez sí que acepte la invitación y accedí al interior. Mientras todos se desnudaban ante mi vista, para cambiarse de ropa, la mojada por una seca, y distribuir el dinero obtenido por la jornada, yo me senté en el centro de ellos, la mayoría desnudos, sin poder creer lo que estaba viviendo.

Estaba flipando, y aunque lo deseaba, no hice ninguna foto, no porque no quisiese si no por que no me parecía correcto. Aunque ahora pensándolo bien, seguro que si les hubiese pedido permiso me lo habrían dado. Todos estaban muy agusto conmigo allí, se les notaba tan orgullosos de tener un extranjero en la cabaña. Me abrazaban, me decían cosas, que yo no entendía y todos reíamos. Fue un gran privilegio inesperado el poder presenciar esa parte tan íntima de su rutina diaria. Un momento solo suyo en el que compartían bromas, contaban historias y se organizaban para el día siguiente.

Esta experiencia me permitió ver la camaradería y el sentido de comunidad existente entre ellos, y me ofreció una visión más profunda de la vida cotidiana de Tanji. Algo que raramente es visible para los visitantes.

Por más convincente que haya sonado, con lo mucho que disfruto haciendo fotos, ¿realmente crees que podría resistirme a inmortalizar el momento? Claro que no. Una vez que se vistieron, prácticamente como sardinas en lata dentro del diminuto espacio, les pedí permiso y como no, capturé el mágico instante. Aquí abajo tienes la imagen. Aunque no aparecen todos, ya que algunos aún no habían terminado de vestirse, e incluso uno de los que sí sale en la foto va en ropa interior. Si te fijas bien, notarás que alguno tiene la mano cerrada, es porque sostiene en ella el dinero que acaba de recibir.

Grupo porteadores pescado Tanji después del trabajo
Porteadores de pescado en Tanji después del trabajo en la cabaña

Vibrante vida pesquera

Además de toda la pesca, la venta y el mercado, en la zona también hay varios ahumaderos de pescado. Nada más sacarlo de las barcas y efectuadas las transacciones, el pescado, que no va dirigido al consumo local, es dirigido hacia estos singulares lugares.

Es una especie de largo mostrador, de ladrillo y cemento, en el que ordenadamente se van poniendo los peces, uno pegado al otro. La zona inferior de la rectangular construcción es toda una especie de horno donde van metiendo leña la cual no dejan que llegue a hacer llama si no solo humo. El fondo del mostrador, donde se coloca el pescado, está hecho de reja metálica, lo que permite que el pescado se vaya cocinando lentamente a la vez que circula el humo y se va ahumando. La misma técnica que lleva usándose desde hace mucho tiempo. Una vez listo, el pescado es empaquetado y enviado a diferentes países alrededor del mundo como: Senegal, Guinea, Liberia, Estados unidos y también hacia algunos europeos con presencia de comunidades de personas de origen africano.

Ahumadores colocando el pescado en Tanji
Trabajadores colocando el pescado en los ahumaderos de Tanji

El fuerte olor a pescado ahumado impregnaba el aire, aunque no es un olor agradable, a mi no me disgustaba, me pasaba las horas yendo de uno a otro hablando con los ahumadores, haciendo fotos y comiendo algunos peces, recién hechos, que amablemente me regalaban.

Bajo los tejados de las rusticas edificaciones buscaba cualquier lugar para sentarme, una silla, una piedra y mientras comía relajadamente pues charlaba con mis anfitriones. Observaba embobado cómo el humo al elevarse y pasar entre los rayos de sol que se filtraban por las roturas y grietas de los desvencijados tejados de hojalata y caña. creaba unos bonitos juegos luminosos que bailaban sobre los peces que se secaban lentamente con el calor del horno. Esta combinación de olores, luces y humo convertía los ahumaderos en lugares de una belleza mágica en los que pase mucho tiempo.

Comiendo pescado ahumado, un regalo

Delicias del Mar

Los visitantes de Tanji además tienen la oportunidad de disfrutar de una experiencia culinaria única al saborear los productos del mar bien fresco. El pescado recién capturado se sirve en los restaurantes locales que ofrecen una amplia variedad de sencillos y deliciosos platos que deleitarán los paladares. Además, por si te lo quieres llevar y cocinarlo tú mismo, el mercado de pescado ofrece la oportunidad de comprar productos frescos y prepararlo a tu estilo.

Hospitalidad Gambiana

Los habitantes de Tanji reciben a los visitantes con los brazos abiertos y una calidez genuina que hace que uno se sienta como en casa desde el primer momento. Desde los amables pescadores que comparten sus historias hasta los lugareños que ofrecen consejos útiles sobre qué ver y hacer en la zona, la hospitalidad gambiana es una parte integral de la experiencia de visitar Tanji.

Conservación y Sostenibilidad

Tanji se compromete con la conservación del medio ambiente marino y la sostenibilidad de sus recursos naturales. Con iniciativas locales para proteger las poblaciones de peces y promover prácticas pesqueras sostenibles, el pueblo está trabajando para garantizar que las generaciones futuras puedan disfrutar de la belleza y la abundancia del mar.

Tanji ofrece a los visitantes una experiencia inolvidable de la vida costera gambiana, con su vibrante vida pesquera, su sencilla gastronomía, su encanto natural y su sincera hospitalidad. Es un regalo para aquellos que, como yo, buscan escapar la masificación turística, del bullicio de la vida moderna y sumergirse en la tranquilidad del mar, Tanji es el destino perfecto.

Mis últimos pasos por la playa de Tanji acompañado de Dorado, mi fiel amigo

Espero que este artículo contando mi experiencia haya podido transmitirte la belleza y el encanto de Tanji, y que te inspire a explorar este maravilloso pueblo pesquero no como turista sino como una persona que ama lo auténtico.

Pasado el tiempo y tras este gran viaje, lo que comenzó como una breve parada en un pequeño pueblo pesquero se convirtió en una experiencia transformadora que me conectó profundamente con la vida de Tanji. La autenticidad de su gente, la belleza de su entorno natural y la rica tradición pesquera me dejaron una impresión duradera que llevaré siempre conmigo. Tanji no solo me ofreció una ventana a una forma de vida diferente, sino que también me recordó la importancia de la simplicidad, la comunidad y el respeto por la naturaleza. Este viaje me recordó por qué amo viajar: para descubrir, aprender y crecer a través de las experiencias que me brinda el mundo.

Mi trabajo fotográfico

Con mi cámara en mano, capturé imágenes impresionantes de todo el ritual en torno a este acontecimiento diario inmortalizando así la magia de este lugar único.

Aquí te dejo solo una pequeña muestra de las fotografías que pude hacer durante mi estancia, las cuales tengo reservadas para mostrar en un libro sobre Tanji y que ya está listo, solo falta pasarlo por la imprenta. Durante ocho días, estuve prácticamente conviviendo con todas las personas que aparecen en ellas, ya que la mayoría del tiempo lo pasan en la playa o cerca y también me las iba encontrando por otros lugares.

A todas las fotografías les tengo un gran cariño, no podría decirte cual de todas es mi favorita. Pero si tuviese que elegir una de estas tres me quedaría con la «Mujer bajo una piroga».

Autenticidad fuera de lo común

Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar Tanji, te recomiendo que lo hagas sin dudarlo. No es un destino turístico común, pero es precisamente esa autenticidad lo que lo hace tan especial. Estoy seguro de que, como yo, te enamorarás de su gente, su cultura y su forma de vida, y te irás con el corazón lleno de gratitud por haber tenido la oportunidad de ser parte, aunque sea por un breve tiempo, de esta pequeña joya de la costa de Gambia.

Y solo puedo terminar mi relato sobre lo que viví en Tanji con un enorme «GRACIAS TANJI». Gracias por darme tanto y pedirme tan poco.

Si necesitas ampliar cualquier información sobre algún punto en concreto no dudes en dejarme un comentario al final del artículo o consultarme por privado en mis redes sociales. Me encontrarás en las principales: Facebook, Instragram (en la que últimamente estoy muy activo. Robaron mi cuenta de 13 años y la que encontras es nueva) y también en X @santinoalvarez

Texto y Fotografías: Santino Álvarez

Santino Álvarez
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